2.12.14

Julián Sanz del Río (I)


Julián Sanz del Río, a quien conoceremos en esta nota en dos partes, fue el más destacado difusor y divulgador del krausismo español, y se convirtió en el líder del librepensamiento de nuestro país.

Su filosofía no es un sistema intelectual cerrado y acabado, sino más bien una especie de “religión”, que comprende una norma de vida y una conducta moral regidas desde una filosofía abierta. Francisco Giner de los Ríos, su más allegado discípulo, dijo que lo que su maestro se proponía, sin más, era “hacer hombres”, mediante un estímulo intelectual constante. Por tanto, el krausismo de Sanz del Río fue más que una filosofía: fue una religión, una ética y un modo de vida. Notables fueron las influencias que ejerció en la política y la sociedad de finales del siglo XX en España, y cómo incentivó y renovó el pensamiento.

Examinaremos dos apartados básicos de la filosofía de Julián Sanz del Río: su metafísica, primero, y su filosofía de la historia, en segundo y último lugar.

METAFÍSICA

Sanz del Río sigue muy de cerca a Krause en su pensamiento. Lo adapta, básicamente, pero comparte el grueso de sus nociones fundamentales. Es, pues, muy fiel a aquel.

El sistema filosófico de Sanz del Río es el llamado “realismo racional”. Como su nombre puede sugerir fácilmente, supone un realismo donde lo real, los “hechos como son”, los descubre la razón, siguiendo un modo y una metodologías científicas. El fin es conseguir, integrando todas las vistas parciales de un objeto o hecho, las relaciones y consecuencias que posee. El propósito último, pues, consiste en revelar la realidad, que tomará la forma de un Absoluto y que se identificará con Dios (no olvidemos el carácter metafísico de la filosofía krausista). La razón es la herramienta que Dios ha brindado al ser humano para que éste descubra a aquel; por lo tanto, el krausismo dará prioridad a las facultades humanas antes que a la fe para llegar a Dios. La razón no tiene que separarse de Dios, no hay que absolutizar a la razón (como hicieron el racionalismo y el idealismo absoluto); la razón humana trata de enlazar con la razón divina, por lo que la razón nos encauza a Dios.

Dos son las vías que conforman el sistema filosófico de Julián Sanz del Río: la analítica y la sintética.

      Vía Analítica

Aunque Sanz del Río busque, como Hegel, el Absoluto, lo hará iniciando dicha búsqueda desde un “análisis subjetivo de los contenidos de conciencia a través del cual el mundo se revela como un sistema” (Manuel Suances Marcos, Historia de la Filosofía Española Contemporánea). Conociendo el “yo”, por tanto, que es conciencia y autoconciencia, conocemos el cuerpo y el espíritu. Analizándolo iremos viendo, nos dice Sanz del Río, lo que se presenta en cada percepción, hasta ir componiendo paulatinamente todo ese gran organismo de verdades que conforma la ciencia.

Pero el yo se refiere al yo genuino, individual; no al género humano. Y el yo individual no es mero pensamiento, sino un compuesto de cuerpo y de espíritu, el “yo-hombre”. En el yo-hombre lo que cambia –el cuerpo– es algo que le sucede a algo que no cambia –el espíritu–. Ese sujeto que sostiene el cambio fluye en él, pero sin diluirse en el mismo cambiar. Permanece, pues, aún cambiando.

El yo es un organismo, un todo cuyas partes están armónicamente entrelazadas y ordenadas entre sí. El yo, por tanto, lo comprenden distintos elementos: pensamiento, sentimiento y voluntad. Todo ello está orientado desde la realidad interior. Este compuesto de cuerpo y espíritu que es el yo es, a su vez, un reflejo microcósmico de lo que ocurre en el cosmos macroscópico. Cuerpo y espíritu poseen, ciertamente, distintas naturalezas, pero se hallan relacionados. Es más, ambos reinos, que por separado no representan nuestra esencia verdadera, acabarán conjugándose en otro reino, superior: el reino de la Humanidad.

Y, ¿cuál es el fundamento de estas tres esencias parciales? Dado que todas ellas son finitas y no se sostienen por sí mismas, nos dice Sanz del Río, debe haber un fundamento infinito, subsistente por sí y que posibilite todas esas subsistencias finitas e incompletas. Las cosas, pues, serán “del fundamento, en el fundamento y según el fundamento”. Todo lo finito, por tanto, hallan en el Absoluto su razón y su explicación.
Aquí aparece la base panenteísta del krausismo español. El panenteísmo, tal y como lo defendió Krause, “afirma que la realidad del mundo como mundo-en-Dios. La comunidad entre Dios y el mundo es la comunidad de las esencias, las cuales no se reducen por ello a una esencia única; de lo que se trata no es de reducir, sino de integrar” (José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía).

Sanz del Río, como Krause, quiso evitar a toda costa identificar el ser de Dios y el de las criaturas. Así, las cosas no podían ser Dios; pero, tampoco, podían estar al margen de Él, excluidas de Él. La solución del panenteísmo es, finalmente, que las cosas son en el Absoluto.

El Ser Supremo, Dios, es justo y uno. No hay que hacer cábalas ni razonamientos abstractos acerca de su existencia, ni mucho menos hacer un problema de ello. Es absurdo porque, como señala Sanz del Río, “la existencia es su ser mismo”, y este Ser es causa y razón de todo lo demás. Todo nace de Él, ciertamente, pero no todo se identifica con Él (nuevo inciso en el rechazo del panteísmo).

Ahora bien, Dios, el Absoluto, no es sólo fundamento de nuestro ser, sino que también lo es de nuestro conocimiento. Nos dice Sanz del Río: “pensando, pienso el ser absoluto y bajo el absoluto, pienso racionalmente lo finito opuesto a mí y lo conozco”. Así pues, no solamente estamos en una relación de dependencia óntica con Él, con Dios (existimos en Él, recuérdese), sino también en otra de carácter gnoseológica. Es decir, Dios nos permite y facilita que Lo conozcamos y, por consiguiente, nos podamos conocer a nosotros mismos.

En el krausismo español se valora positivamente la razón, pero no como herramienta o remedio que todo lo puede gracias a la arrogancia o suficiencia del hombre, por una confianza desmedida en ella; antes al contrario, si el hombre se siente fuerte y confiado en el poder de la razón es porque, sencillamente, ésta procede de Dios. La razón permite Su conocimiento, el magno y supremo conocimiento. Y será a partir de este saber, desde esta ‘vista real suprema’, por el que nos será permitido el conocimiento, a través de su expansión y aplicación, de las demás cosas. Conocer a Dios se convierte, pues, en el punto focal. Como señala Manuel Suances Marcos, “el intento filosófico-teológico del krausismo consiste en cargar la mirada racional del hombre de esta luz divina para, desde ella, ver las cosas como fundadas en Dios”.

Vía Sintética

Dado que el saber de Dios supone la base, el cimiento de todos los demás, el krausismo tratará de alcanzar una sistematización científica que desvele la presencia de Dios en todo momento y en cualquier esfera del saber. Ese intento estará configurado por dos directrices principales: una teológica y la otra racional, porque siempre debe partir de Dios y siempre debe guiarse por medio de la razón, “mediante un proceso deductivo a partir del ‘principio objetivo’ que es el saber racional de Dios”. 

Puesto que el orden lógico se corresponde con el ontológico, si nos ponemos a describir los grados de conocimiento lo que estaremos haciendo es reproducir los grados de realidad. De la ciencia básica y fundamental cuyo objeto es la esencia divina se deducirán, pues, todas las ciencias particulares. Hay cuatro primeras que se derivan de la fundamental, y son: 1)-Teoría de la esencia original (Filosofía); 2-La ciencia de la razón o del Espiritu; 3-La ciencia de la Naturaleza; y 4-La teoría de la esencia integral (Antropología).

***


Por tanto, lo que tenemos es una doble vía de saber: “en la Vía Analítica, la investigación se remonta inductivamente desde la intuición del yo, a través del cuerpo y del intelecto, hasta la intuición racional de dios. En la Metafísica Sintética, la investigación comienza deductivamente desde la intuición de Dios, a través de la Naturaleza y el Espíritu, hasta el Yo, el Hombre” (Suances Marcos, op. cit). El hombre es, en síntesis, la combinación de las dos esencias finitas del universo, una esencia que también es finita en su resultado, pero que es la más elevada que ha salido de las manos divinas.

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