La eterna pregunta...

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2.12.14

El krausopositivismo (introducción)


El krausismo español, como tal, tuvo una vida larga (unas cuatro décadas) pero un esplendor efímero, ya que su intervalo de mayor apogeo filosófico lo representa el Sexenio Revolucionario (1868-1874); tras él, fue transformándose lentamente al positivismo.

Las causas de ello, como las recoge Manuel Suances Marcos (en su Historia de la Filosofía Española, de la que nos volvemos a valer para esta nota), fueron varias. Políticas, por un lado, ya que se limitó la libertad de enseñanza, pero también de corte social, dado que la burguesía progresista que dominó el mencionado sexenio fue reemplazada por otra de carácter más conservador, que se erigiría con el tiempo en la nueva base social y que buscaba seguridad y confort económicos. El positivismo como filosofía fue implementándose a medida que la Restauración borbónica tomaba las riendas de la ideología imperante; los ideales de defensa del orden establecido y de la sociedad, procedentes de Auguste Compte, el padre del positivismo, encajaron muy bien en esta nueva mentalidad, tratando de que fuera la ciencia la que orientara la praxis política.

Por otro lado, son obvias las razones de índole ideológica que propiciaron esa incorporación positivista al krausismo. Éste, como se recordará según lo que vimos en una nota previa, trataba el desarrollo social basándose en principios metafísicos; pero la ciencia estaba ganando terreno y su papel desmitificador ante tales premisas empezaba a cuestionar la adecuación de los mismos. El krausismo español, pues, se vio en la necesidad de acomodarse a los nuevos tiempos: por un lado, se hizo eco de la relevancia de la ciencia para analizar y dirigir el orden social; y, por otro, encauzó sus energías en educar a dicha sociedad propugnando un ideal pedagógico innovador.

El positivismo fue paulatinamente impregnando la filosofía y ciencia españolas, y fueron diversos los modos en que tomó forma esta influencia. En primer lugar, como krauso-positivismo, una modalidad que ensayó una armonía entre la razón y la experiencia, o lo que es lo mismo, la filosofía y las ciencias. En segundo lugar, como neokantismo, que quiso superar el idealismo postkantiano y concretar los límites del saber científico, de la experiencia y del ámbito de la razón. También adoptó la forma de evolucionismo, haciendo suyas las tesis darwinistas y de Herbert Spencer, con la implantación de una idea dinámica y cambiante del hombre y la sociedad, respectivamente. Por último, resta la apropiación marxista del enfoque positivista, una síntesis entre el marxismo y el darwinismo con el fin de unir ciencias sociales y naturales, lo que confirió a aquel un aire de mayor finura científica. De estas cuatro modalidades del positivismo nos limitaremos, en esta nota, al krauso-positivismo.

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El avance de las ciencias a finales del siglo XIX y el talante abierto del krausismo permitió a éste no cerrarse a sus influencias. Sin embargo, el núcleo del krausismo venía dado por la metafísica o, si se quiere, por la especulación. Esto suponía un problema para los sucesores krausistas, pues ellos querían fundamentar la ciencia, mirando con mayor agrado a la vertiente empírica, lo que nos descubría y trasmitía la experiencia, que lo meramente racional. En pocas palabras, la pretensión del krausopositivismo fue: tratar de compaginar y armonizar el positivismo científico con el corazón idealista y especulativo del krausismo original. El modo, no exento de problemas y ambigüedades, como intentó llevar a cabo este loable conato fue a través de las nuevas aportaciones que las ciencias biológicas y las de la psicología y la fisiología.

En el Ateneo de Madrid, hacia el año 1875, se celebraron discusiones y debates en torno a esta cuestión. El Ateneo era el centro motor de la cultura española, en donde reinaba la libertad de expresión y la tolerancia hacia ideas novedosas. En las secciones de Ciencias matemáticas y morales y políticos se propusieron temáticas que, en el caso de éstas últimas, se relacionaban con la inquietud acerca de si “las tendencias positivas de las ciencias físicas y exactas deben arruinar las grandes verdades sociales, religiosas y morales en que la sociedad descansa”.

En general, y prescindiendo de los matices, podemos decir que la mayoría de los tertulianos fue reacio a la entrada e influencia del positivismo más radical, viendo en éste un peligro para la supervivencia del corazón metafísico krausista que hemos mencionado. Sin embargo, sí abrazaron su metodología. Quien mejor ejemplifica esta singular indeterminación ante el positivismo es Gumersindo de Azcárate, a quien ya mencionamos en la nota sobre el krausismo.

Azcárate señala que hay dos modos o tipos de positivismo: el crítico y el dogmático (u ontológico). Los dos tienen muchas cosas en común: prefieren los hechos, la experiencia, a la especulación; son enemigos, acérrimos, de la metafísica y la teología; y, asimismo, sostienen que si existe algo más allá del mero fenómeno empírico, ello es por fuerza inalcanzable a nuestro conocimiento. La diferencia básica entre ambos afecta a esta última postura porque, en el positivismo dogmático, mantienen como ese “algo más allá del fenómeno” es, en última instancia, materia, “cayendo inconsecuentemente en un dogmatismo de tipo esencialista”, como señala Antonio Jiménez García en su obra El krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (Cincel, Madrid, 1985). Lo que Azcárate planteó fue un punto medio que analice los puntos fuertes y los pros y los contras del positivismo.

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