La eterna pregunta...

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17.2.07

Ortega y Gasset: verdad científica y verdad filosófica

Entrevimos que la verdad científica, la verdad física posee la admirable calidad de ser exacta, pero es incompleta y penúltima. No se basta a sí misma. Su objeto es parcial, es sólo un trozo del mundo y además parte de muchos supuestos que da sin más por buenos; por tanto, no se apoya en sí misma, no tiene en sí misma su fundamento y su raíz, no es la verdad radical. Por ello postula, exige integrarse en otras verdades no físicas ni científicas que sean completas y verdaderamente últimas. Donde acaba la física no acaba el problema; el hombre que hay detrás del científico necesita una verdad integral, y, quiera o no, por la constitución misma de su vida, se forma una concepción enteriza del Universo. Vemos aquí en clara contraposición dos tipos de verdad: la científica y la filosófica. Aquélla es exacta pero insuficiente, ésta es suficiente pero inexacta. Y resulta que ésta, la inexacta, es una verdad más radical que aquélla – por tanto, y sin duda, una verdad de más alto rango, no sólo porque su tema sea más amplio, sino aún como modo de conocimiento; en suma, que la verdad inexacta filosófica es una verdad más verdadera.

Pero esto no debía extrañar. La tendencia irreflexiva y vulgar a considerar la exactitud como un atributo que afecta a los quilates de la verdad carece por completo no sólo de justificación, sino hasta de sentido. La exactitud no puede existir cuando se habla de objetos cuantitativos, o como Descartes dice, de “
quod recipit magis et minus”. Por tanto, de lo que se cuenta y se mide. No es, pues, en rigor, un atributo de la verdad como tal, sino de ciertas, determinadas cosas que hay en el Universo; en definitiva, sólo de cantidad y luego, con valor aproximado, de la materia. Una verdad puede ser muy exacta y ser, no obstante, muy poco verdad. Por ejemplo, casi todas las leyes físicas tienen una expresión exacta, pero como están obtenidas por un cálculo meramente estadístico, es decir, por cálculo de probabilidades, tienen un valor sólo probable. Se da el caso curioso – y el tema merecería ser tratado a parte, porque es candente y gravísimo– de que conforme la física se va haciendo más exacta se le va convirtiendo entre las manos a los físicos en un sistema de meras probabilidades; por tanto, de verdades de segunda clase, de casi-verdades. La consecuencia de esto es uno de los motivos que llevan a los físicos actuales, gigantes creadores de un novísimo panorama cósmico, a ocuparse de la filosofía, a asentar su verdad gremial en una más completa verdad vital.

(J. Ortega y Gasset, "¿Qué es la filosofía?", ed. póstuma, 1957)

10.2.07

Anaxágoras, el "nous" y su materialidad

El filósofo jónico Anaxágoras, en su concepción del mundo sensible, siguió el concepto de un kosmos formado a partir de una masa originaria con infinidad de elementos y partículas mezcladas. De acuerdo con Parménides, esas partículas, indestructibles, se mezclan posteriormente para formar los objetos y se separan cuando éstos se destruyen. Anaxágoras, sin embargo, no está de acuerdo con que las cuatro unidades últimas sean los cuatro elementos de Empédocles (tierra, aire, agua y fuego), y cree que aquello que tenga partes cualitativamente similares al todo es último y no derivado de ninguna cosa. Así, para Anaxágoras los elementos de Empédocles son mezclas formadas por muchas partículas cualitativamente diferentes (Copleston).

En el inicio, pues, todas las cosas estaban confusas y fundidas unas en otras. En la masa no hay vacíos, nada destaca o se manifiesta en ella (C. Ramnoux). Entonces, ¿qué es lo que da forma a las cosas que contemplamos al mundo sensible? Para Empédocles la causa y el movimiento del universo era la acción alternante de dos fuerzas, el Amor y la Discordia. Para Anaxágoras, en cambio, el responsable es el nous, la Mente o Inteligencia. Gracias al nous se inicia el movimiento diferenciador del universo; lo cálido se separa de lo frío, lo luminoso de lo oscuro, lo pesado de lo ligero, etc. La inteligencia es, pues, la que genera la discriminación de las cosas, la que separa los opuestos, la que permite existencia de cosas concretas. Es definitiva, el nous es el principio y causa del movimiento original, una realidad inteligente, la más pura y ligera.

Sin embargo, aunque cada cosa esté repleta de todas las demás, en porciones insignificantes o, bien, en una fracción significativa (es precisamente la abundancia o proporción mayor de ciertas partículas las que nos hacen denominar así a un objeto; un trozo de madera está formado mayoritariamente por madera, pero también contiene infinidad de otras partículas, como tierra, agua, etc.), sólo el nous no está mezclado con nada, aunque pueda formar parte de una mezcla. El nous habita en todas partes, tanto en los animales como en el hombre, tanto en la masa indiferenciada como en las demás cosas, pero en efecto, no se mezcla con ella; está en ellas, pero siempre fuera de ellas (Ramnoux). Todo es, por lo que respecta a la materia, grande y pequeño: es grande porque la materia puede dividirse en múltiples partes (en infinitas partes, de hecho), y es pequeña porque puede formar un todo mayor por agregación (Mas). El nous, a su vez, también es la más grande y la más pequeña de las cosas, porque está en todo, aunque no pueda mezclarse, o hacerse hacerse mayor o menor.

Pese a suponerlo como una inteligencia diferenciadora, el nous también está presente “en cualquier cosa, en la rodeante masa”; afirma después el filósofo que ocupa un lugar en el espacio, por lo que algunos, como Burnet, han sugerido que Anaxágoras, si bien dota de pureza al nous, pureza de la que carecen las demás cosas, no le concede el grado de ser inmaterial e incorpóreo. Es decir, Anaxágoras sostiene una visión del mundo materialista, algo que puede hacernos comprender por qué ilustres pensadores le recriminaron en su día esa forma de entender el universo. El nous pone en marcha el torbellino o movimiento rotatorio, cierto, pero lo que sucede con posterioridad es obra del propio torbellino, no de la inteligencia. Aristóteles comenta en su Metafísica que Anaxágoras, “siempre que no sabe explicar por qué algo sucede, introduce [al nous] a la fuerza, pero en los demás casos atribuye la causa a lo que sea, antes que a la Mente”. Por su parte, Platón se queja de que no le suponga bondad alguna al nous, eliminando cualquier rasgo ético; tal vez entendía que una inteligencia tal debía actuar siempre en pos del mayor interés por el bien del mundo.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que en la época de Anaxágoras no había, por parte de los pensadores, una concepción inmaterial del espíritu; esto es algo que llegaría más adelante. Que Anaxágoras conciba el nous como ocupando un volumen no implica que lo tuviese como algo material; en opinión de Copleston, todo lo más que puede decirse es que, en su concepción de lo espiritual, Anaxágoras “no consiguió comprender del todo la radical diferencia que hay entre lo corpóreo y el espíritu”. Parece, pues, que todo se reduce a que Anaxágoras no entendió la diferencia entre el espíritu y la materia a la que da forma o pone en movimiento.

Más allá de esta inseguridad acerca de la concepción definitiva que tuviese Anaxágoras del nous, quizá cabría plantearse si la “radical separación entre lo corpóreo y el espíritu” que comenta Copleston, de la que carecía Anaxágoras, es o no tan radical. Porque aunque en la historia de la filosofía occidental podamos hallar multitud de teorías y concepciones acerca de la separación entre mente-cuerpo, este dualismo tan primordial no es universal: cabe citar, por ejemplo, algunas de las doctrinas hindúes o chinas, en las que se concibe al ser humano como entidad integral y no separada en esas dos partes.

De ahí que la idea del nous de Anaxágoras pueda ser interpretada de varias maneras: podemos entenderla como un ente puramente material, si bien más puro que las demás materias y que no participa más que en la génesis de su separación; podemos verlo como un ser que pone en marcha la maquinaria de lo existente, y que separa asimismo las cosas y ‘vive’ en ellas, no mezclado con nada; o podemos, en el caso de que, atreviéndonos, hagamos una interpretación a partir de las filosofías orientales, entender el nous como una especie de realidad constitutiva de todo, mente y materia, que otorga al mundo una unidad: el nous, entonces, sería la causa de la diferenciación del mundo sensible, el “torbellino” que impulsa el movimiento, jugando además un papel en la esencia misma de las cosas (aunque habría que matizar bastante más esta definición, claro está)

Sea cual sea la interpretación que del nous y su materialidad hagamos, resulta interesante constatar que el universo revelado por la ciencia a partir de Isaac Newton ha tenido mucho más en común con la visión de Anaxágoras que con la propuesta de Platón o su discípulo Aristóteles. Pese a las críticas vertidas por éstos hacia el filósofo jonio, nuestro cosmos físico ha resultado ser un lugar en el que no hay bondad ni eticidad alguna, como sugirió Anaxágoras: sólo indiferencia ante las volubles e insignificantes pasiones y tragedias humanas.

(Nota: los nombres entre paréntesis corresponden a los autores de las Historia de la Filosofía consultadas)