La eterna pregunta...

La eterna pregunta...

24.4.09

Introducción al pensamiento de Karl Marx (IV)



(Primera, Segunda y Tercera Parte)

4) Las alineaciones.

Todo ser humano, siendo material y natural, debe lograr su supervivencia, obteniendo de la naturaleza todo cuanto precisa para sobrevivir. Para ello trabajamos, modificando nuestro entorno, y con ello, establecemos relaciones con otros hombres y mujeres, socializándonos. El cómo somos será consecuencia, pues, de las condiciones sociales y económicas imperantes; de ahí la famosa frase de Marx, según la cual: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia”. Esto significa que nuestra acción y pensamiento no están aisladas del devenir económico-social (regido, a su vez, por el modo de producción).

Si no nos sentimos realizados en nuestro trabajo o en nuestra vida diaria tal vez sea debido, inquiría Marx, a una situación de alienación, producto del sistema capitalista, que tiende a sustraer la plena culminación de nuestros deseos humanos. Así, por ejemplo, en su época, las industrias empleaban a asalariados a costa de salarios miserables, produciendo un fruto de su trabajo que no le pertenecía y apenas disponiendo de tiempo libre (esto lo vio Marx en primera persona dado que su colega Engels dirigía una fábrica); el resultado son trabajadores alienados, ya sea económica, social, política o ideológicamente. Por suerte, aseguraba Marx, esta precaria circunstancia puede cambiar, si modificamos el sistema de producción, es decir, si reemplazamos los procedimientos capitalistas.

A) Alienación económica.

Para dilucidar la alienación económica Marx recrea las condiciones de trabajo de un empleado industrial típico, hacia finales del siglo XX, y establece una diferencia fundamental entre el individuo productivo y el objeto producido, o mejor dicho, una relación íntima entre ambos. Aquel, el sujeto, se “abandona a sí mismo”, por así decir, al realizar su tarea, tratando con la materia que empleará y con otros sujetos, con quienes trabará distintos contactos y tratos. Al mismo tiempo, la elaboración del producto supone un consumo energético, un agotamiento del mismo sujeto durante el proceso. Sin embargo, tanto uno como otro aspecto son esenciales para su tarea, por lo que no los ve Marx como perjudiciales; ahora bien, es justo una vez el producto está finalizado cuando se generan las causas de su alienación económica: en primer lugar, porque como hemos dicho semejante producto no le pertenece, siendo imposible identificarse con él. El producto es, y ha sido siempre, posesión del empresario. Y, en segundo lugar, el papel del sujeto productivo en el proceso de producción es secundario, un peón indistinto de muchos otros, un engranaje más de la maquinaria industrial. El trabajador no se ve a sí mismo como un sujeto creador, sino como un objeto del sistema. Esta situación del empleado la define Marx como reificación, o cosificación del sujeto.

Como consecuencia, este último se ve abstraído de su creación, no alcanza la realización, se percibe como siervo del señor empresario y está en situación de explotación. Eliminar tal desdichada relación entre el sujeto y su trabajo es viable si trasformamos, insistía Marx, los fundamentos capitalistas por otros más razonables, humanos y beneficio para los trabajadores.

B) Alienación social.

Trasladando la disposición típica de los sistemas industriales (esto es, la división entre empresarios, directivos y demás, quienes dirigen las instalaciones, y los empleados, quienes realizan el proceso productivo) a la sociedad, nos encontramos con una similar diferenciación, en cuanto dentro de aquella se distinguen, en efecto, las clases dominantes de las dominadas. Desde luego, la evidencia de esta escisión social, con la partición escasamente equitativa de los recursos y los bienes, conduce a un aumento en el descontento de las clases dominadas, que exigen mayor calidad de vida y servicios, mientras las dominantes tratan de asegurar su poderío e influencia para conservar su situación de supremacía. Esto genera, nuevamente, alienación en el trabajador. En tales casos, el resultado es el enfrentamiento. Una solución es hallar la manera en la que ambas facciones se anulen, prescindiendo de clases sociales e instaurando un orden en el que predomine la igualdad; pero para lograrlo es imprescindible, primero, erradicar la división empresarios-empleados, propia del sistema capitalista. Sin este paso fundamental, todo intento de equilibrio social está destinado al fracaso.

C) Alienación política.

El sujeto productor, empleado en el ámbito industrial, no está protegido, amparado o defendido por el Estado. Antes al contrario, como elementos propios del sistema capitalista, el Estado y las leyes por éste legisladas no poseen más intención que la de proteger, amparar y defender el sistema económico prevaleciente, y con él, a la clase burguesa dominante. Así, el pueblo llano percibe en el Estado a un organismo destinado a servir exclusivamente a los grupos poderosos, económicamente influyentes, con lo que pierde toda función para sus intereses. La política liberal de no intervención brinda amplias posibilidades a las clases dominantes, pero ahoga al proletariado, que se siente desatendido e incapaz de crecer ante el imperio burgués. Naturalmente, dicha situación provoca una nueva alienación, fruto del capitalismo y el Estado que lo permite y expande.

D) Alienación ideológica.

Apuntamos ya que Marx sostenía que la acción y el pensamiento humano estaban, más que a cualquier otra causa, ligados a las condiciones de vida. La alienación ideológica parte, una vez más, de la opresión producto de la ideología dominante, burguesa, amparada en nociones y sistemas tanto filosóficos como religiosos, que les asiste para apuntalar intelectual y doctrinariamente su predominio.

La filosofía, en primer lugar, nunca ha percibido la realidad como algo que cabía mejorar, revolucionar o modificar, para bien de todos, sino que siempre ha permanecido en los márgenes, burgueses por definición, en los que sólo cuenta la explicación, la elucidación del funcionamiento y estructura del mundo, mas no su crítica. La filosofía, auspiciada desde sectores conservadores, trata de hacer ver a los trabajadores alienados que es ésa, su posición, un lugar inevitable dentro del estamento social, para su posterior evolución. No se trata, por supuesto, más que una justificación, arguye Marx, para mantener su estatus privilegiado.

Por su parte, la religión, al prometer la existencia de un mundo mejor allende este, en donde no habrá problemas ni dificultades, intenta acallar las voces revolucionarias imbuyendo en el proletariado un espíritu de sumisión y de aceptación de los padecimientos actuales, dada la recompensa de otra vida mejor futura. Marx califica la religión como el “opio (o adormidera) del pueblo”, en el sentido de que cumple una función de abotargamiento al reprimir impulsos de cambio e instigar la resignación ante el mundo que nos ha tocado vivir.

(Continuará)

13.4.09

Introducción al pensamiento de Karl Marx (III)



(Primera y Segunda Parte)

3) El materialismo dialéctico.

Una teoría como el marxismo necesitaba sustentarse en una visión armónica de la naturaleza y el ser humano, unir una y otro en una matriz común que excluyera cualquier idea o noción espiritual de ambos. Pero Marx tan sólo esbozó algunas reflexiones primerizas acerca de una explicación sobre la realidad natural; como dijimos, el trabajo grueso fue obra de Engels. Su producción (que recoge su libro “Dialéctica de la naturaleza”) suele caracterizarse como “materialismo dialéctico”, y para distinguirlo del materialismo dialéctico (propiamente marxista) se usa la abreviatura “Diamat” (que designa, además, la doctrina oficial marxista en la desaparecida URSS a lo largo del periodo estalinista).

En algunos aspectos el marxismo engeliano es un tanto “infiel”, como señala Ferrater Mora, a ciertas nociones básicas de Marx. Por ejemplo, porque éste sostenía que las leyes históricas no podían conjugarse en modo alguno con las físicas. Este vio en el hombre un ser creador, natural y libre desde un primer momento, pero aquel lo definió mejor como un ser "solamente natural". No obstante, en muchos otros puntos el materialismo dialéctico "completa" al histórico.

Engels se enfrentó al idealismo de Hegel. No obstante, gracias a las ideas de éste pudo elaborar una “filosofía de la naturaleza” capaz, creyó, de descartar y sobresalir por encima de las cumbres del materialismo mecanicista, que era típico en las ciencias (así, la mecánica moderna) y en algunas interpretaciones de la filosofía de la ciencia hacia finales del siglo XIX. Para Engels se trata de un materialismo vulgar, y carece de los avances en áreas de la química y la biología (la teoría de la evolución de las especies). Tampoco cuenta para este materialismo mecanicista que las ciencias no son instrumentos o métodos al margen de las condiciones sociales.

Como no podía ser de otra forma, el materialismo dialéctico se sustenta partiendo de los supuestos básicos a todo materialismo. La única realidad que existe es la materia y el movimiento (o, en otras palabras, la materia y sus procesos y cambios, su evolución). La presunción hegeliana de suponer un Espíritu o Absoluto es innecesaria y vacua, dado que todo lo real es material. Hegel acertó cuando insistió en el carácter global y dialéctico de los cambios en la naturaleza, aunque se equivocó crasamente al creer que estos cambios eran expresiones del Espíritu. Lo que cabe hacer es, afirma Engels, “invertir” la idea hegeliana y colocar en el principio a la materia. Lo que cuenta no son las cosas, ni las partículas que las forman, sino los procesos que dan forma a la realidad natural.

La materia conforma el germen del que partirá la vida y, posteriormente, el ser humano. Pero para que pueda haber la trasformación de uno en otro se necesita una evolución de tipo dialéctico; en la naturaleza los procesos no acontecen de forma aleatoria o azarosa. Muy al contrario, siguen leyes, leyes “dialécticas”, de las cuales destacan tres (algunos sostienen que son sólo tres). Según palabras del propio Engels:

“Las leyes de la dialéctica se abstraen, por tanto, de la historia de la naturaleza y de la historia de la sociedad humana. Dichas leyes no son, en efecto, otra que las leyes más generales de estas fases de desarrollo histórico y del mismo pensamiento. Y se reducen, en lo fundamental, tres: -a) ley del trueque de la cantidad en cualidad, y viceversa; -b) ley de la penetración de los contrarios; -c) ley de la negación de la negación.” (“Dialéctica de la naturaleza”, Grijalbo, Barcelona, 1979)

A) La ley del paso de la cantidad a la cualidad supone que el cambio, el proceso natural, no consiste en una simple agregación de elementos, sino que, dados en una cierta cantidad, se accede a una nueva configuración un todo superior (a una cualidad), dependiente de la naturaleza propia a cada fenómeno material. Por ejemplo, las oscilaciones de temperatura exigen una especie de reconstrucción (un cambio de estado), una nueva forma de organización material. Igualmente, todo incremento de complejidad en un sistema nervioso puede llevar a una realidad psíquica superior (la cualidad de la conciencia y el pensamiento).

2) La ley de la unión y la lucha de contrarios implica que todo movimiento y desarrollo, todo proceso y su evolución, no obedece a causas externas más allá de las mismas cosas, ni a la acción de un hipotético primer motor, sino que parte de las mismas contradicciones de la naturaleza, una especie de tendencias opuestas en el devenir de la naturaleza y de la sociedad.

3) La ley de la negación de la negación, por su parte, explica la noción de evolución, de progreso, caracterizando a cualquier acontecimiento o suceso como contradicción de un primer estado, que es a su vez es negado o eliminado. Así, se regresa a una situación similar a la original, pero encontrándonos en una realidad superior. Por ejemplo, una planta sería la negación de la semilla a partir de la que creció, pero su posterior evolución conlleva una negación de la planta, que acabará convertida en un cúmulo de nuevas semillas. Engels sostiene, de esta forma, que el movimiento mismo está lleno de contradicciones, pero que se trata de contradicciones “objetivas”, puesto que permiten explicar los cambios naturales.

Puestas estas tres leyes en perspectiva, podríamos concluir afirmando que el ser humano es un ser material, y natural, que evoluciona y crece a medida que transforma la misma naturaleza que le da forma. En este contexto, la idea de Dios es fútil, y de hecho, no hay realidad espiritual alguna que pueda insertarse en esta noción del ser humano. Todo lo humano, en consecuencia, es producto de la materia, por lo que no hay nada más allá de esta vida presente, debiéndose buscar la felicidad, afanosamente, en el mundo que nos rodea, dado que no existe ningún otro que nos espere a nuestro fin.

(Continuará)

3.4.09

Introducción al pensamiento de Karl Marx (II)



(Primera Parte)

1) Antecedentes a la filosofía de Marx (continuación).

c) El activismo revolucionario de Karl Marx le llevó a abandonar su Alemania natal, pasando por Francia antes de llegar a Inglaterra, en donde conocería las teorías económicas de Adam Smith (considerándolo como líder teórico del capitalismo) así como las de Robert T. Malthus, entre otros como David Ricardo. Smith analizó en sus estudios las condiciones económicas y sociales que propiciaban el equilibrio y el crecimiento de las economías industriales, y concluyó que el Estado debía limitarse a ejercer de árbitro en todas las operaciones económicas, sin participar ni controlarlas más allá de lo estrictamente necesario. Malthus, por su parte, había afirmado que “el poder de crecimiento de la población es infinitamente más elevado que el poder de la tierra para producir los medios de subsistencia necesarios para el hombre: en efecto, si no se frena la población, ésta aumenta en progresión geométrica, mientras que los recursos aumentan en progresión aritmética”. Lo que significaba que la pobreza del mundo era debido a razones puramente demográficas, esto es, a problemas de exceso de población.

Marx rechazó las tesis capitalistas de Smith y las demográficas de Malthus; de las primeras hizo hincapié en la necesidad de una regulación estatal para el correcto funcionamiento del sistema económico, dado que el libre mercado puede dar lugar a excesos y a perversiones. Respecto a las segundas criticó a Malthus que hubiese relegado a un segundo plano (o a la práctica omisión) las condiciones sociales y económicas (el reparto de la riqueza y la lucha de clases) que, según Marx, son las fundamentales en la propagación de la pobreza y de las desigualdades, mientras que dilata la responsabilidad en la situación de las causas demográficas.

d) Respecto a las corrientes políticas, Marx analizó igualmente los sistemas dominantes en su época. Un vistazo a las principales nos dará una visión general del tipo de ideologías reinantes y del cambio que quiso introducir el filósofo alemán.

El más antiguo, el conservadurismo, abogaba por mantener los valores, procedimientos y normas tradicionales, típicas del Antiguo Régimen que precedieron a la Revolución, a saber: el dominio de la monarquía, el papel influyente de la Iglesia Católica, la fórmula estamental de privilegios, etc. Otro sistema imperante era el liberalismo, en lo económico “dirigido” por las ideas de Adam Smith y en lo político representado por J.S. Mill, basándose a su vez en nociones ya propuestas por John Locke en el siglo XVII. El liberalismo aboga por una clara división de poderes, que avalen todo tipo de libertades del sujeto (la propiedad privada, por ejemplo), que permitan la elección (o revocación), por parte del pueblo, del gobierno representativo. El liberalismo, desde luego, sustenta el capitalismo, sistema al que ve como garante de la riqueza de los pueblos y estados.

A estas dos ideologías se unen otras que, en tiempos de Marx, se mantenían en la oposición. Por ejemplo, el democratismo del francés Alexis de Tocqueville, que defendía la conveniencia de un sufragio universal y de una mejor distribución de los bienes, aunque salvaguardando las propiedades privadas y el sistema capitalista. La idea era lograr la igualdad (si no de riqueza, sí de acceso a las condiciones que permiten obtenerla) conservando hasta cierto punto los valores liberales. El anarquismo, por su parte, patrocinaba la abolición del Estado, evadiendo todo poder estatal sobre el proletariado y los demás estamentos sociales. Además, sostiene que para conseguir la igualdad social y económica es imprescindible instaurar un sistema socialista de la propiedad, tesis que recoge el sistema político de dicho nombre, el socialismo, que insta a eliminar toda forma de desigualdad de clase o económica. Rechaza la propiedad privada y los procedimientos habituales del libre mercado, exigiendo una intervención estatal en la economía con el fin de una mejor distribución de los recursos y la riqueza. A partir de este socialismo nacerán, desde luego, las tesis de Marx, pero será el suyo un socialismo “científico”, dado que brinda las causas (o leyes) del desplome final del capitalismo, así como una teoría de la evolución histórica en términos materialistas.

2) Estructura de la filosofía de Marx.

Los filósofos se han dedicado hasta ahora a interpretar la realidad; hora es ya de cambiarla”. Esta frase de Marx encierra la intención de su filosofía. Sabedor de las precarias situaciones laborales y económicas de los trabajadores, Marx quiso que su sistema filosófico tuviera un evidente corte práctico, aplicable, desde su misma concepción intelectual, a la sociedad imperante. Su ánimo es que la filosofía sirva, no sólo para comprender el mundo, sino para trasformarlo en uno mejor que el actual.

Hubo dos motivaciones básicas en la filosofía marxiana. Por un lado, dado que se trataba de un socialismo científico, tenía el ansia de ofrecer una explicación científica de la realidad. En este sentido, científico se refiere a un procedimiento racional que revele la creación del Universo, del ser humano, de sus sociedades y de la historia que genera. Esta motivación era de carácter teórico, y estaba complementada con otra, más práctica (y propagandística...), que aseguraba la inevitabilidad de una sociedad futura comunista y la caída del capitalismo. La intención de esta proclama marxiana era conseguir una mayor unión proletaria, para que se rebelara por sus circunstancias e hiciera fuerza en común en pro del establecimiento de un sociedad socialista.

Pero toda acción social sería vana, y Marx lo sabía bien, si previamente no existía un sistema filosófico coherente que diera firmeza teórica a la acción práctica. Marx no ignoraba que toda fraseología estaba destinada al fracaso desnuda intelectualmente, y para ello edificó un monumental edificio filosófico, que se abre en dos partes fundamentales: 1) la explicación materialista acerca del mundo, el hombre, la sociedad, etc. que hemos mencionado, que tuvo al colega de Marx, Friedrich Engels, a su principal autor, sintetizada en el rótulo materialismo dialéctico (que analizaremos en la siguiente entrega de esta serie), y 2) el materialismo histórico, que explica, a su vez, toda la problemática social y económica en tiempos de Marx y la fuerza e importancia final de la historia, así como el hundimiento del sistema capitalista y la formación de una sociedad comunista.