La eterna pregunta...

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10.3.15

Francisco Giner de los Ríos (III): Pedagogía



-Pedagogía.

Como estamos viendo en la pequeña serie paralela referida a la Institución Libre de Enseñanza (ILE), Francisco Giner de los Ríos puso en práctica su visión pedagógica dentro de ella al aunar los postulados propios del krausismo con la innovación que suponía el positivismo. El ánimo que seguía Giner y sus colegas era, como ya dijimos, transformar la vida y la cultura españolas. Había que “sacarla del armario”, hacerla confraternizar y modernizarse con las corrientes europeas, enriquecerla y ponerla al día. ¿Cómo? Mediante la educación, una educación completa del hombre por el hombre, partiendo siempre de sus propias capacidades.

1)     Principios educativos.

Recordemos que la ILE se nutrió en su esencia de las ideas y principios de los grandes pedagogos europeos (Rousseau, Fröbel, etc.). El propósito de Giner no fue otro que el que animaba también a estos intelectuales: formar hombres, pero no una clase especial de eruditos o de sabios; no, la intención era que esos hombres tuvieran capacidades prácticas, que fuera activos tanto como útiles, para la sociedad como para sí mismos.

Dos elementos confrontados son necesarios en esa labor: primero, como motor educativo, está el elemento utópico, que estimula y dota de energía al quehacer de aprendizaje, al confiar en el poder de la razón y del progreso humano; y, segundo, el elemento real, pues la utopía ‘debe’ realizarse, y cabe hacerlo en un tiempo, espacio y sociedad concretas, en unas circunstancias particulares.

La antropología krausista tiene por base “la formación del hombre armónico que desarrolla en plenitud todas su facultades físicas, psicológicas, estéticas, morales…: nada puede quedar fuera de la integración armónica de la personalidad” (Manuel Suances, Historia de la Filosofía Española Contemporánea, Síntesis, Madrid, 2010). Lo cual implica que la escuela no debe verse como algo exterior a la vida, sino que debe ser la vida misma. Es por ello por lo que amplió el contexto de la propia escuela, promoviendo el contacto con la naturaleza y la formación sociocultural (visitas a museos, pueblos, ciudades, etc.) así como la educación física y las manualidades. Ya aludimos, en la serie de la ILE, que en ésta no había una separación, una división clara entre primera, segunda enseñanza y enseñanza superior; esta fue una noción gineriana.

Como no podía ser de otro modo en una enseñanza integral que buscaba formar hombres (al contrario de lo que parece suceder en la actualidad), lo que realmente importaba era la educación, no la acumulación inútil de conocimientos, como tampoco la erudición. No hay que tratar de aprender de forma mecánica disciplinas, no hay que estructurar tanto el temario… Hay que diferenciar muy claramente entre educación e instrucción: ésta permite obtener información y conservar el conocimiento; aquella, formar personas que puedan desarrollar su personalidad. Por tanto, no es provechoso acumular saber sin más. Así lo expresa Giner: “Los hombres medio instruidos, pero no educados tienen su inteligencia y su corazón punto menos que salvajes” (Estudio sobre educación).

E incide Giner al respecto, afirmando que él está en contra de ese “sistema memorista, mecánico, dirigido a mostrar facultades inferiores, para las cuales se digna promulgar en solemne revelación académica la verdad, oficialmente averiguada y definida, librándonos de aquel trabajo de ir a buscarla por nosotros mismos, que Lessing reputaba el más característico rasgo de seres racionales” (Giner de los Ríos, op. cit). En efecto, un hombre realmente educado no es el que llena su cerebro de datos, de nombres, fechas, saberes, teorías… Lo que cuenta es la capacidad racional de crítica y de síntesis.

En la educación diferencia Giner tres partes o acciones: la acción educativa espontánea (ambiente), la acción estimulante (el educador) y la acción receptora (el aprendiz). Cabe lograr una armonía de los tres elementos para la educación exquisita, algo no sencillo pero que proporciona satisfacciones inigualables en caso de lograrse. Giner hizo una crítica a la pedagogía de su tiempo, lastrada por el principio de autoridad y ceñida a temas y metodologías tradicionales y desfasados. Como nos dice Manual Suances, “proponía el diálogo entre maestro y alumno en contacto real y afectivo; le parecía terrible la masificación de alumnos como sujetos pasivos de una enseñanza memorística en una lejanía intelectual y humana con el maestro. Promovió una mentalidad crítica y creadora contra la enseñanza acumulativa; incentivó la actividad activa del alumno y el saber integral frente a la cultura especializada. El maestro, en torno al cual gira la enseñanza, debe ser íntegro […]; todo lo demás es secundario: aulas, libros de texto, leyes, programas”.

2)     Criterios de enseñanza.

Los limitamos, siguiendo la obra de Manuel Suances que hemos citado, a tres: educación ética, educación aconfesional y método intuitivo.

a)      Educación ética.

Por descontado, si el ideal educativo es el de formar hombres íntegros, el propósito básico que guíe ese ideal debe ser desarrollar adecuadamente la conciencia individual, moral, de cada persona. Ése es el puntal básico: sin una conciencia ética, nada puede construirse. La razón no es un fin en sí misma, sino el medio adecuado, el más adecuado, de hecho, para lograr el desarrollo moral. Es por ello que, en Francisco Giner de los Ríos, era básica y prioritaria la libertad de conciencia. Si uno consigue esa plenitud moral, entonces no necesita ningún tipo de coacción, sea interna o externa, por lo que carecen de sentido las metodologías educativas tradicionales basadas en el recurso a la autoridad, al castigo, etc.

b)      Educación aconfesional.

Si vivimos en una sociedad donde prima la libertad religiosa, debe existir una neutralidad confesional, es decir, no debe haber, por parte del Estado, predilección por ninguna religión particular. Esta misma mentalidad guió a la ILE, que no fue un organismo laico, sino aconfesional. Para Giner y algunos de sus compañeros, la religión era fundamental, o por lo menos importante, pero no se trataba de una religión positiva, sino de una de corte natural. Esto influyó, desde luego, en los ataques que los adeptos a aquel tipo de religión tradicional llevaron a cabo contra la ILE, entre otros motivos.

En consecuencia, había que enseñar religión, desde luego, pero no como si una de ellas fuera la cima del saber y la experiencia espiritual, sino como una visión del hombre común a todos ellos, que ha existido siempre en sus diversas manifestaciones. Una vez aceptado ese sustrato compartido interculturalmente, cada sujeto debe ser libre para escoger aquella confesión que le resulte más de su agrado. Francisco Giner de los Ríos es consciente del problema que supone que los creyentes se adhieran a una corriente o religión particular: sus concepciones suelen entrar en conflicto con la de otras religiones, y el resultado muchas veces, por desgracia, es la división o el conflicto. Por ello, Giner aboga por la religión natural, que es un espacio de mutuo respeto y tolerante con las formas religiosas alternativas.

c)      Método intuitivo.

Por último, el método intuitivo es el que, a juicio de Giner, mejor permite al alumno desarrollar su creatividad y su actividad intelectual. El educando debe ser un sujeto activo, en contacto con su maestro. Y los libros de texto, los manuales, los programas… no son tan valiosos, ni de lejos, con la palabra, el diálogo, la conversación. Ésa fue una de las características de la ILE, el predominio de lo oral sobre lo escrito, del fluir libre de las palabras. Giner fue considerado el “Sócrates español” porque “el alumno se descubre a sí mismo y sus valores justamente por la resonancia que tiene en él la figura del profesor y así, éste, es un instrumento del propio conocimiento, una partera en términos socráticos, que ayuda a alumbrar el conocimiento del otro, no a suplirlo” (Suances, op. cit.); “[…] fue Giner un hombre de tradición oral como los griegos y tenía tal respeto por la palabra que hablaba de ‘administrar el sacramento de la conversación’”.


Éste método intuitivo es pues, el modo activo por excelencia de aprendizaje, un método que, como nos enseña Giner de los Ríos, “rompiendo los moldes del espíritu sectario, exige del discípulo que piense y reflexiones por sí, en la medida de sus fuerzas, sin economizarlas con imprudente ahorro: que investigue, que arguya, que cuestione, que intente, que dude, que despliegue las alas del espíritu…” (Estudios sobre Educación).

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