La eterna pregunta...

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7.12.14

Anaxágoras de Clazómenas, un pionero de las estrellas (Primera Parte)


(Disponible en formato PDF en: Boletín Huygens, de la Agrupación Astronómica de la Safor, Valencia, España).

Anaxágoras de Clazómenas, un pionero de las estrellas (Primera Parte)

Siempre nos ha fascinado el mundo que nos rodea. Desde la magia del cielo estrellado o la danza de las abejas hasta la enormidad de las cordilleras o la forma de vida más diminuta, la belleza de la naturaleza y su misterio ha sido un reclamo constante para nosotros. Somos curiosos por instinto, pero también por gusto, y lo que nos caracteriza es no conformarnos con la contemplación o la mera admiración ante los fenómenos: además necesitamos comprender, descifrar el enigma. Saber por qué. Anaxágoras de Clazómenas fue uno de los primeros seres humanos en plantearse dicha pregunta aplicada al cielo, y en tratar de responder dentro del ámbito de la razón y la observación. En este artículo en dos partes analizaremos sucintamente la vida de este pensador y las implicaciones de sus nociones astronómicas.


En nuestros primeros ensayos —tímidos y confusos—
para lograr entender el funcionamiento del planeta y
el cosmos, necesitábamos una explicación que nos
ligara a la enormidad y complejidad del universo y,
al mismo tiempo, fuera comprensible y cercana: una
fórmula que estableciera, siquiera de modo superficial,
los motivos de lo que sucedía a nuestro alrededor sin
renunciar a la familiaridad del mundo conocido. Era
una idea muy razonable: es imposible entender algo sin
partir parcialmente de lo aprendido y transmitido por la
cultura y nuestra experiencia vital.

Para nuestros antepasados del periodo Neolítico (a
partir del 9000 antes de Cristo), la naturaleza debía
suponer una mezcla de inquietud e interés: un aparente
caos de fuerzas naturales en acción era responsable de
épocas climáticas serenas y abundancia de víveres, y
otras de sequías, inundaciones, enfermedades, plagas y
hambre. Tras este desconcierto, sin embargo, parecían
asomar hechos —diferentes posiciones del Sol a lo largo
del año, cambios repetitivos en la faz de la Luna, la
migración de los herbívoros y las aves y el crecimiento
de las plantas, condicionantes estos últimos de la caza y
las tareas agrícolas— que suscitaron un primitivo interés
por entender las causas que movían el mundo.
  
Poco a poco fuimos suponiendo que, detrás de ese
revoltijo de fenómenos azarosos, se escondían fuerzas de
increíble poder, generadas por entidades sobrenaturales
superiores a nosotros, los dioses, que fijaban el porvenir
y actuaban según sus propios apetitos y pasiones. Les
dimos nombres y tratamos de elaborar medios —ritos,
ofrendas, sacrificios— que nos comunicaran con ellos,
bien agradeciéndoles sus favores (buenas cosechas, hijos
sanos, etc.), bien para tratar de aplacarles si se enojaban
y arrojaban maldiciones sobre nuestro reino terrenal.
Explicando las conductas y comportamientos de estas
entidades sobrenaturales mediante una narración (el
“mito”) que describiera las fuerzas responsables que
las generaban, los pueblos —cuya mayor urgencia era
la supervivencia, mediante la caza o la agricultura, pero
también la comprensión del poder natural— entendía
por qué acontecían (aunque fuera sólo por el capricho
divino...). Recitándolos en ceremoniascreadas al efecto, 
y repetidos hasta que calaron en la memoria colectiva 
de la comunidad, los mitos calmaron las angustias
aldeanas procurando un cierto orden ante lo
imprevisto y una cierta familiaridad ante lo
desconocido.

En consecuencia, a través del Neolítico
fue conformándose un crisol de distintas
interpretaciones míticas del mundo,
propias de cada cultura, que contenían
diferentes nociones del cosmos y su origen,
las divinidades, los acontecimientos y el
destino, y que los pueblos protourbanos
elaborarían posteriormente con mayor
refinamiento. En paralelo nacía en algunos
de ellos un interés por la observación del
firmamento: el desplazamiento del Sol en el
cielo a lo largo de los meses (Sol alto, buen
tiempo y abundancia de luz; Sol bajo, frío y
oscuridad) permitía apreciar la alternancia de
las estaciones; estudiando las fases lunares se
podía componer un calendario computando
el tiempo transcurrido; y las posiciones de
las estrellas en momentos particulares del
año indicaban ciertos hechos singulares,
como por ejemplo la aparición de Sirio
—la más brillante de la noche—justo antes
de la salida del Sol, que los egipcios señalaron como
signo de las crecidas del río Nilo, ya hacia el año 3000
antes de Cristo. Gracias a la Astronomía primitiva la
agricultura obtuvo un mayor rendimiento, la navegación
fue más cómoda y se optimizaron las fechas de prácticas
militares o de fiestas religiosas.

Hacia el año 2000 antes de Cristo la Grecia antigua
se vio invadida por hordas de aguerridos pobladores
de las montañas, que arrasaron las ciudades mezclando
sus patrones de vida a los autóctonos. El resultado fue
una rica mixtura mítica que tras los siglos dio lugar,
unida a elementos lingüísticos, militares y culturales
procedentes de varios frentes (Creta, Egipto, etc.), a la
próspera y magnífica cultura micénica. Floreció entre
el 1600 y 1200 antes de Cristo y su colapso final, a
manos de los dorios, provocó una época oscura durante
cuatro centurias, en las que se detuvo la innovación y
el comercio, pero que vio resurgir sistemas religiosos
básicos y una añeja mitología imbuida de fuentes
previas, que conformarían los moldes de lo que hoy
llamamos la cultura griega clásica.

Hacia el 800 antes de Cristo los aristócratas micénicos
se deleitaban escuchando a los poetas recitar los cánticos
de los logros de su civilización, los sucesos y las
guerras, las aventuras de sus grandes héroes, la gloria
de un pasado perdido. Eran los tiempos de Homero,
que recopiló y dio estructura a aquellos poemas, los
cuales más tarde recibirían los nombres de la Ilíada
y la Odisea. La primera recoge las batallas micénicas
más esplendorosas, y la segunda las de corte marino;
en ambas el protagonismo es por igual para dioses y
hombres. Quizá estimulados por estos relatos los jonios
(descendientes de los griegos tras la debacle micénica,
que se cobijaban entonces en las costas de Anatolia)
reemprendieron el interés por el comercio, por conocer
otras culturas y mejorar sus condiciones de vida, además
de recuperar el legado de su propia historia.

También se redescubrió la escritura, olvidada desde
tiempos micénicos, que casi había convertido a los griegos
en analfabetos, y al recuperarse una lengua común,
que todos entendían aunque estuviera diversificada en
multitud de dialectos, se vieron a sí mismos como una
unidad lingüística frente a las extranjeras. Del mismo
modo reconocieron una misma religión basada en los
mitos establecidos por ciertos poetas y funcionarios, si
bien cada polis griega tenía un dios protector propio,
honrado con un culto particular. Mas la idea de que toda
Grecia, con sus polis y singularidades, era una misma
colectividad, un mismo grupo cultural (la Hélade) cuyos
habitantes eran helenos y que se diferenciaban de los
otros (los bárbaros) que no hablaban griego ni seguían
sus costumbres (técnicas y estilos artesanos, poemas y
canciones, modas, etc.), persistió y consolidó el carácter
autónomo y singular de esta cultura.

Los jonios, como hemos dicho, recuperaron la labor
comercial a gran escala y navegaron por el Mediterráneo
en su sector oriental, surcando sin descanso el mar
Egeo, Grecia, Egipto y lo que hoy es Israel, Líbano y
Siria, en un entusiasmado intento de explorar, descubrir
y compartir. Fundaron multitud de colonias, y realizaron
desarrollos notables en tecnología, arquitectura y
economía. Mileto, una ciudad costera, se erigió en
el siglo VI antes de Cristo como la principal polis
griega antigua, el foco de la cultura, las artes y el
saber práctico. Allí nacieron los primeros filósofos
(Tales, Anaximandro, Anaxímenes...), que también eran
comerciantes, navegantes y exploradores; gracias a
sus viajes informaron de nuevos conocimientos sobre
aritmética y geometría, basados en el saber babilónico
y egipcio, e inauguraron el pensamiento racional:
cosmología, filosofía, geografía e historia.

Aunque en términos generales los filósofos respetaron
la tradición mitológica, tales logros en todos los campos
del saber dio a estos sabios gran confianza en sus
propias posibilidades, por lo que juzgaron que era
posible revelar por qué existía el mundo y cómo operaba
sin el concurso directo de las divinidades. En general
decidieron respetar la tradición mítica, que, como hemos
visto, atribuía el transcurrir de los acontecimientos a la
acción y voluntad de las deidades, a sus tensiones y
conflictos, pero Tales y sus sucesores filósofos trataron
de responder a los mismos hechos sólo mediante el libre
examen intelectual, introduciendo explicaciones exentas
del influjo divino. Establecieron, de este modo, patrones
sencillos que reconocían, tras los fenómenos, una
especie de leyes primitivas encargadas de producir, por
medio de las apropiadas causas naturales, los efectos
observados en el mundo de los sentidos.

Así, por ejemplo, Tales (630-548 antes de Cristo)
proporcionó explicaciones (ingenuas e inadecuadas,
pero en absoluto mitológicas) de las crecidas del río
Nilo y —basándose en el ciclo babilónico del saros—
pronosticó la aparición de eclipses concibiéndolos
sólo como producto del movimiento de los astros;
Anaximandro (610-545 antes de Cristo), discípulo de
Tales, sugirió asimismo que el trueno tras el relámpago
en una tormenta de primavera no era debido al rugido del
colérico Zeus, sino al “ruido de una nube golpeada por
el viento”, y que el nivel de los mares iba descendiendo
paulatinamente —como así parecía indicarlo la presencia
de conchas marinas en tierras altas— debido a la
evaporación por la luz solar. Lo que cuenta no es, desde
luego, que acertaran en sus respuestas, sino el enfoque
que utilizaron, que las plantearan para “hallar una
explicación puramente naturalista del mundo y atenerse
a los datos de la experiencia” (nota 1).

Tanto Tales como Anaximandro elaboraron, asimismo,
sendas conjeturas acerca del origen del mundo y de las
cosas: según el primero todo surgía a partir del agua
—siendo la Tierra un disco que flotaba sobre un océano
gigantesco—, y según el segundo, a partir del ápeiron,
una sustancia indeterminada e ilimitada en movimiento
eterno a partir del cual se desarrollaron, por separación,
todas las cosas. Se trataba, como se ve, de cosmogonías
que abandonaban las referencias a dioses y entidades
sobrenaturales, sustentadas además en nuevos conceptos
(como arkhé —principio—, physis —naturaleza— o
kosmos —orden—, por ejemplo) empleados para llevar
a cabo una verdadera teoría explicativa del universo sin
recurrir a representaciones antropomórficas o a fuerzas
omnipotentes.

La búsqueda de una explicación material del universo,
alejada de la acción y voluntad de entidades divinas
(al menos, de las habituales dentro del esquema mítico
tradicional), constituye el llamado paso “del mito al
logos” griego. Esta perspectiva racional, inaugurada por
Tales y Anaximandro, florecerá con otras escuelas griegas
de pensamiento, verá el surgimiento de pensadores de la
talla de Pitágoras, Heráclito o Parménides, entre otros, y
culminará en la obra de Platón —aunque ésta no se halle
en absoluto exenta de aditivos míticos... — y Aristóteles,
ya en el siglo IV antes de Cristo.

Unos años antes, hacia -500, nace Anaxágoras, en
Clazómenas, un pequeño puerto jónico a orillas del mar
Egeo oriental, no lejos de la actual Esmirna. Anaxágoras
procedía de una familia adinerada, pero no quería ocuparse
de asuntos prácticos, mercantiles o comerciales,
por lo que cedió toda su herencia a sus parientes para
poder disponer así de tiempo y dedicarse a la reflexión
y el estudio. Parece ser que cuando le preguntaron cuál
era su propósito en la vida respondió: “Vivir para contemplar
el Sol, la luna y el cielo”. Alguien le amonestó
en una ocasión por centrarse demasiado en temas naturalistas
y dejar al margen cuestiones políticas o sociales,
acusándole de menospreciar su patria; pero Anaxágoras
respondió, elevando su dedo hacia el firmamento: “Mi
patria me importa muchísimo”. Cuando tenía unos
veinticinco años abandonó Clazómenas y se trasladó a
Atenas —donde introdujo la filosofía—, probablemente
a petición de su amigo y posteriormente alumno, el
gobernador Pericles, para ayudarle en la tarea de civilizar
a sus ciudadanos (lo que le traería complicaciones
más adelante, como veremos).














Figura 1: El Partenón ateniense, que Pericles 
mandó construir en el siglo V antes de Cristo. 
Anaxágoras fue maestro dePericles en la época 
más esplendorosa de Atenas, y éste iba a visitarle 
frecuentemente para pedirle consejo y recomendación.
(Wikipedia)

No conservamos apenas nada de los textos de
Anaxágoras, y aunque tenemos noticias de que escribió
algunas obras de temática miscelánea (geometría,
perspectiva, técnica dramática y cosas así), es probable
que sean atribuciones erróneas. Pero sí disponemos, por
el contrario, de fragmentos de un tratado suyo escrito en
prosa hacia 467, titulado Acerca de la naturaleza, que al
parecer tuvo mucho éxito —se vendía en los mercados
atenienses, según menciona Sócrates en un diálogo de
Platón.

Como paso previo a examinar los juicios astronómicos
de Anaxágoras resumamos antes un poco su filosofía.

Nuestro astrónomo partió de la doctrina milesia
de un único principio subyacente que explicaba la
realidad; pero la diversidad y el cambio del mundo, que
percibimos gracias a nuestros sentidos, le indujeron a
considerar la existencia de una realidad múltiple. Mas,
para Anaxágoras, los objetos que contenía la realidad no
estaban compuestos de cuatro elementos fundamentales,
como otros habían concebido —por ejemplo, Empédocles,
un filósofo pluralista contemporáneo suyo—, sino de
toda una infinidad de materiales o elementos, todos en
diferentes proporciones presentes en todas las cosas.
Por mucho que dividiéramos un objeto, afirmaba, nunca
llegaríamos a sus componentes básicos; incluso en la
parte más minúscula siempre habría porciones de todas
las cosas que la formaban: como decía, “en todo hay una
porción de todo” (nota 2).

A este número infinito de elementos
los denominó homeorías o semillas (spérmata), de
tamaño minúsculo pero divisibles hasta el infinito.
La realidad visible, pues, se componía de un sinfín
de semillas invisibles: como señaló, aunque con otras
palabras, “los fenómenos visibles son una revelación de
lo invisible”.

Según Anaxágoras no era posible la generación
(nacimiento) ni la desaparición (muerte) en modo
estricto, ni tampoco el vacío: en la physis sólo se
permitía la unión o la disgregación. Todo en el mundo
natural brotaba, pues, únicamente a partir de la unión y
combinación de semillas, y todo perecía cuando éstas
acababan disgregándose. Además, pese a la diversidad
de las cosas por las distintas proporciones de semillas
que las componían, y aunque aquellas estuvieran sujetas
a la generación y corrupción relativa, las semillas que las
conforman se concebían como eternas e inalterables.
Esta era la forma según la cual Anaxágoras entendía
organizada la materia. Pero cabía hallar un principio (hoy
diríamos una fuerza, pero en tiempos del clazomenio tal
concepto aún no existía) que activara la transformación
de la materia, que la modificara desde su estado de
unión al de disgregación, y viceversa. Tal principio lo
denominó Anaxágoras nous, un intelecto o “mente”
que, a partir del caos original, la masa informe, infinita
y estática de semillas, formó un kosmos, un sistema
ordenado en el que ya fueron posibles las relaciones
de generación y destrucción material, dando origen al
universo que conocemos.

Las características que Anaxágoras atribuyó al nous
—consciente e inteligente, separado de las semillas,
homogéneo, regente del movimiento material, etc.—,
conferían existencia a una entidad autónoma del propio
mundo, y que era la causa de su orden actual, “una
realidad infinita, separada de todo lo demás, mucho más
pura y sutil, igual a sí misma, inteligente y sabia” (nota 3).

Esto gustó mucho a Aristóteles (383-322 antes de Cristo)
posteriormente, que aplaudió la introducción del nous
por parte de nuestro astrónomo, pero su cumplido pronto
se resquebrajó y mudó en agrias críticas (como también
hizo Platón) al descubrir que Anaxágoras limitaba su
efecto como causa inicial de ordenación, sin aplicarlo
a ningún otro acontecimiento posterior. Anaxágoras,
en efecto, sostenía que una vez iniciado su movimiento
por el nous, el devenir del universo era enteramente
explicable gracias a las regularidades naturales (una idea
que, aplicada a la participación del concepto moderno
de Dios, aprobarían quizá hoy muchos científicos).

Por tanto, la suya fue una explicación materialista del
cosmos, muy alejada de la tradición dominante hasta
entonces.

Los disgustos que las ideas de Anaxágoras causaron
en Platón y Aristóteles expresan magníficamente su
radical novedad: nadaban a contracorriente, perturbaban
la normal descripción de los cielos y los principios que
regían su funcionamiento y suponían, además, prescindir
o abandonar a un segundo plano un ente tan notable
como la inteligencia ordenadora. No sorprende, pues,
que Aristóteles sentenciara a Anaxágoras afirmando en
su Metafísica que él y otros filósofos con inclinaciones
similares en realidad “no sabían lo que decían”. Esta
escasa participación de entes divinos en el transcurrir de
la naturaleza acarrearía al clazomenio, además de estos
airados comentarios, un grave apuro para su persona,
como pronto veremos.

Pero si las meras afirmaciones filosóficas importunaron
a grandes pensadores ulteriores a Anaxágoras, sus tesis
astronómicas y cosmológicas aún iban a producirles
una indignación mayor. Como los textos propios de
aquel acerca de estos temas son bastante escasos, para
conocerlos hay que acudir a la doxografía —esto es,
los textos de escritores posteriores que recogieron las
opiniones de filósofos más antiguos, como en este caso
Simplicio, Hipólito, Teofrasto y Diógenes Laercio, entre
otros.

Recordemos, como punto de partida, que en las
concepciones míticas las grandes fuerzas de la naturaleza
se identificaban con dioses: así, por ejemplo, el Sol era
uno de los más poderosos, dada su facultad de generar
luz y proporcionar energía, permitiendo el crecimiento
de las plantas y la maduración de alimentos. Nadie
dudaba (ni en Grecia ni en ningún otra cultura similar,
por aquel entonces) que el Sol era un dios; sin embargo,
Anaxágoras tenía una visión completamente distinta:
para él, el Sol era, meramente, una roca ardiendo,
un enorme globo de fuego en la distancia. Nada de
divinidades celestiales a las que rendir tributo; nada
de entelequias humanas para dotar de familiaridad al
cosmos; nada de complejas relaciones entre dioses, ni
de personificaciones vanas: el Sol era sólo una piedra al
rojo vivo, que brillaba con luz propia por su gran calor.
La naturaleza solar era, pues, material, no divina.


(Notas)

1:
 Abbagnano, N., Historia de la filosofía, Vol. 1,
Editorial Hora, Barcelona, 1994.
2:
 Fragmento 11, en la edición de los textos de los
presocráticos , por H. Diels y W. Kranz.
3:
 Reale, G., y Antiseri, D., Historia del pensamiento
filosófico y científico, Volumen 1, Herder, Barcelona,
1988

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