“El surco del tiempo”, de Emilio Lledó



La filosofía es el arte de alcanzar la sublime expresión de lo que se precipita desde la realidad hasta nosotros mismos. Un puente tendido entre el tapiz de lo reinante y nuestra percepción de lo que somos y nos rodea. Muchas veces los filósofos han tratado de hacer explícita esa relación, dotarla de vida y entregársela al resto de los mortales para un mejor entendimiento de tal conexión; en ocasiones no han dicho nada no oído ya realmente, sino que se han limitado a recomponer el modo en que se engarza el imperio de lo pensado y lo existente, facilitando su unión y abriendo nuevas vías de comprensión.

Quizá Emilio Lledó (y muy particularmente en su obra “El surco del tiempo”) sea uno de dichos escribas cuyas palabras sirvan para reintroducirnos en conceptos y temas ya conocidos, pero a los que se da la pertinente vuelta de tuerca para ofrecer una innovadora visión de los mismos, innovación que seduce y asombra. Lledó abre su texto con un fragmento del Fedro platónico, en donde se narra el mito de Theuth y Thamus, un diálogo acerca del lenguaje, su poder, el embrujo de las palabras, el mutismo de su autor, las semillas que suponen para otros creadores, etc. Toda la obra de Lledó penetra y divaga por entre los intersticios de estos contenidos, adobándolos y enriqueciéndolos con una batería de imágenes, metáforas y símbolos que dotan al texto de una belleza y un encanto singulares.

Una de las cuestiones principales que recorre sin cesar el libro de Lledó es la de la palabra vista como semilla, no aceptándola como tal es, resignando su significado a lo que nos llega de ella, sino como germen de propios pensamientos, vida y movimiento personales. “Pensar es, pues, hacer germinar lo que está en el alma”, comenta el autor. “Las palabras escritas sólo crecen en aquel que... traza con esas palabras nuevos senderos, que engarza nuevas ideas, que las siembra en otros”. Aquí, continúa Lledó: “Pero la palabra como semilla, debido a la ambigüedad que por su propia historia se asienta en ella, permite ir cultivando una inesperada siembra. Las palabras de un lenguaje y la sintaxis que la organiza... recobran en el mundo interior resonancias que no están en ellas originariamente”. Sembrar es fácil, pero la maduración requiere trabajo. El lenguaje no transmite únicamente un sentido referencial de las palabras sino que, para ser provechoso y fructífero, es necesario que la voz del texto transmita parte de su mismo ser y sentido. Para ello se requiere del pasado, del tiempo en que fue escrita la palabra, y del presente en cuyo instante se lee, se paladea y deleita, el jugo de las letras.

Tiempo, palabra, pasado, comunicación, escritura, lenguaje, diálogo, belleza, memoria, metáfora, imagen, figuración, sentido, consciencia, experiencia, discurso, espacio, ser, olvido, y sus homólogas latinas lógos, psyché, philía, démos, aletheia, entre muchas otras, son las voces que llenan el fascinante y prometedor universo lledoniano, que abraza orillas distantes de pensamiento y las hace cercanas, que asciende hasta los límites de la comprensión para bajar de nuevo a la tierra con prosa filosófica ágil y admirable; casi poética, diríamos, casi una oda al poder evocador de las palabras, del texto vivo que genera nuevas formas de ver y sentir.

Una apología del discurso, de la comunicación dignificante, del intercambio, ya sea en directo o a través del tiempo, de la letra que toma cuerpo en el habla, o del habla que puede llegar a plasmarse en letra, para ser vista, revista y revivida por siempre jamás. Un sí al habla, al discurso generoso, abierto y fecundo, que brinda, a quienes ven en él el fruto, y a la vez la semilla, un inagotable futuro.

(Ver Reseña en CríticaDeLibros)

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