18.2.08

Hesíodo, poeta de la naciente filosofía



Aunque a Hesíodo se le relaciona habitualmente con Homero, por representar los primeros eslabones del pensamiento más allá de las costuras y límites puramente míticos, lo cierto es que ambos constituyen dos aproximaciones muy diferentes, tanto por su planteamiento como por el ámbito al que iban dirigidas sus enseñanzas.

Hesíodo (siglo VIII antes de Cristo) crece en Beocia, parte especialmente aislada del interior de Grecia. Es una región campesina, sencilla y algo tosca, en la que el joven griego apacentaba las ovejas de su familia mientras componía, en sus ratos libres, algunos poemas. En contraposición a la poesía homérica, cuyo estilo grandioso y épico estaba dirigido fundamentalmente a la nobleza griega, anteponiendo la exaltación de los héroes y la calidad literaria a todo rasgo puramente educativo, Hesíodo se propone lo contrario; ensalzar menos las hazañas heroicas y mejorar la intrucción campensina, alabando su esfuerzo diario por la supervivencia. Un ejemplo de esto es su obra 'Trabajos y días', que puede considerarse como un manual en forma de poema destinado a servir a quienes precisen de consejos sobre las cuestiones agrícolas.

Un aspecto importante de la concepción hesiódica es la creencia en distintos estados evolutivos por los que la humanidad ha transitado a lo largo de su historia. Primero habría una Edad de Oro, a modo de paraíso sin trabajo, ni enfermedad o muerte. A esta le seguiría la Edad de Plata, donde los humanos no serían más que infantes carentes de inteligencia; la de Bronce, por su parte, habría vislumbrado hombres viles y violentos, cuya injusticia les hizo desaparecer. A continuación la Edad de los Semidioses (que corresponde a la de Homero), y por último la actual Edad de Hierro, época en la que conviven desgracias y glorias, gozos y miserias. La sucesión de épocas no conlleva una mejora constante de la humanidad, sino todo lo contrario; hemos seguido la dirección errónea, hacia lo peor. En este tiempo nuestro, sin embargo, es posible hacer valer la justicia y el trabajo, con el fin de establecer una sociedad democrática, basada en la legalidad y en leyes dictadas por la razón.

Por otra parte, Hesíodo describe en su otra obra, 'Teogonía', la sucesión de deidades que han gobernado el mundo, desplegando temporal y genealógicamente su sistema. Parte de las vicisitudes violentas y caóticas que caracterizaron las relaciones entre Urano (el cielo) y Cronos (el tiempo), y del salvaje cambio de poder que operó entre ambos (el primero impidió el nacimiento a sus hijos, mientras que el segundo cortó los genitales a su predecesor, a la sazón su propio padre). Cronos, a su vez, devora a sus hijos, pero Rea aparta a uno de ellos, Zeus, recién nacido, y lo oculta en Creta. Una vez adulto, Zeus vence a su progenitor y se convierte en el dios supremo, configurándose además como garantía de justicia y orden.

Hesíodo compone, con todos estos elementos, una ética propia: pese a las dificultades que podamos atravesar durante nuestra vida, aunque observemos el caos, la violencia y la barbarie a nuestro alrededor, todo ello fruto de la involución que ha sufrido nuestra especie, debemos confiar, depositar toda nuestra fe en las normas de justicia. Si las violamos, Zeus nos castigará porque la justicia acabará prevaleciendo sobre la misma violencia. Podemos percibir un mundo oscuro y perverso, pero debemos esforzarnos por vivir de la manera más digna y honrada posible, gracias al ánimo y esfuerzo personal.

Y este "evangelio del esfuerzo" de todo ser queda plasmado en la idea del trabajo. Trabajar (en este caso, la tierra, recordemos los orígenes campesinos del poeta), sí, pero no sólo como medio para sobrevivir, sino como símbolo de la nobleza humana. El trabajo, en suma, dignifica. La areté no es ya, como en Homero, la virtud propia de la aristocracia (combate, lucha por el honor, etc.), sino un compendio de valores derivados de los modos campesinos (esfuerzo personal, sudor, trabajo manual, etc.) A continuación reproducimos el Proemio sobre el trabajo, de la obra 'Trabajos y días' (vv. 286-327):


"Yo que sé lo que te conviene, gran necio Perses, te lo diré: de la maldad puedes coger fácilmente cuanto quieras; llano es su camino y vive muy cerca. De la virtud, en cambio, el sudor pusieron delante los dioses inmortales; largo y empinado es el sendero hacia ella y áspero al comienzo; pero cuando se llega a la cima, entonces resulta fácil por duro que sea.

Es el mejor hombre en todos los sentidos el que por sí mismo se da cuenta, tras meditar, de lo que luego y al final será mejor para él. A su vez es bueno también aquel que hace caso a quien bien le aconseja; pero el que ni por sí mismo se da cuenta ni oyendo a otro lo graba en su corazón, éste en cambio es un hombre inútil.

Ahora bien, tú recuerda siempre nuestro encargo y trabaja, Perses, estirpe de dioses, para que te aborrezca el Hambre y te quiera la venerable Deméter de her­mosa corona y llene de alimento tu cabaña; pues el hambre siempre acompaña al holgazán. Los dioses y los hombres se indignan contra el que vive sin hacer nada, semejante en carácter a los zánganos sin aguijón, que consumen el esfuerzo de las abejas comiendo sin trabajar. Pero tú preocúpate por disponer las faenas a su tiempo para que se te llenen los graneros con el sazonado sustento.

Por los trabajos se hacen los hombres ricos en ganado y opulentos; y si trabajas te apreciarán mucho más los Inmortales y los mortales; pues aborrecen en gran manera a los holgazanes.

El trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra. Si trabajas pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico. La valía y la estimación van unidas al dinero.

Para tu suerte, según te fue, es mejor trabajar, si olvidado de haciendas ajenas vuelves al trabajo tu voluble espíritu y te preocupas del sustento según mis recomendaciones.

Una vergüenza denigrante embarga al necesitado, una vergüenza que hunde completamente a los hombres o les sirve de gran provecho, una vergüenza que va ligada a la miseria igual que la arrogancia al bienestar.

Las riquezas no deben robarse; las que dan los dioses son mucho mejores; pues si alguien con sus propias manos quita a la fuerza una gran fortuna o la roba con su lengua como a menudo sucede -cuando el deseo de lucro hace perder la cabeza a los hombres y la falta de escrúpulos oprime a la honradez-, rápidamente le debilitan los dioses y arruinan la casa de un hombre se­mejante, de modo que por poco tiempo le dura la dicha".
El sendero hacia la virtud es un camino dificultoso, pues requiere un esfuerzo constante y voluntario. El trabajo, visto así, se erige como triunfo absoluto del hombre, vehículo dignificante de nuestra personalidad. Ningún trabajo es una deshonra; sólo lo es no hacer ningún trabajo, la ociosidad y la apatía, la inactividad total de los holgazanes y ociosos.

En su 'Teogonía' Hesíodo expone la necesidad de dar cuenta del universo como el tránsito de lo desordenado a lo ordenado, para posteriormente regresar a su estado desordenado original, que es el actual. Sin embargo Zeus terminará con este desorden, separando unas cosas de otras y consolidando así un nuevo orden del Cosmos. Ahora bien, más allá de cuál sea su estado o disposición, la pregunta fundamental que se plantea Hesíodo es, ¿qué fue lo primero que existió?, ¿de dónde procede todo lo que percibimos? Aquí se observa una clara orientación filosófica de los versos del poeta, un intento por clarificar el problema del principio. Así, dice la 'Teogonía' lo siguiente (vv.116-131):


"En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro. Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos.

Del Caos surgieron Érebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Eter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Erebo.

Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio."
La forma, el procedimiento de Hesíodo para relatar lo que, según las musas le han revelado, es la historia del origen de todo está aún, como es lógico, cargada de contenido mítico en casi toda su extensión. Sin embargo, esto no es lo realmente importante; lo que cabe resaltar de este poeta griego es que, en mayor o menor medida, sus versos contienen la esencia filosófica que después cuajaría en las cosmogonías milesias, la de los primeros presocráticos.

Hesíodo marca como ningún otro, pues, el costoso y paciente tránsito desde el mito hasta la racionalidad, combinando ambas para dar mayor comprensión de un mundo complejo y provocativo, mundo que, gracias a su aportación, empezó a ser más accesible a nuestro entendimiento.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bendito areté de Hesíodo. Me sirvió mucho, gracias. Concuerdo a simple vista contigo. Saludos.